Política | Corrupción y desencanto

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Cuando nada cambia

Por estos días, la Argentina atraviesa un momento de profunda tensión entre las expectativas sociales de transformación y la realidad política que parece repetir viejas prácticas. El caso Spagnuolo, que involucra presuntos pagos indebidos en la Agencia Nacional de Discapacidad (ANDIS) y contratos millonarios con la droguería Suizo Argentina, ha encendido una alarma que va más allá del escándalo puntual: pone en cuestión la credibilidad de las nuevas fuerzas emergentes que llegaron al poder con la bandera del cambio. Por Mailén González Buenos Aires, 29 de agosto de 2025. La pregunta que resuena en el aire es incómoda pero inevitable: ¿hasta qué punto la sociedad se siente defraudada por la reiteración de prácticas corruptas en espacios que prometían romper con el pasado?

Según una encuesta nacional realizada por la consultora Trespuntozero en agosto de 2025, la corrupción desplazó a la pobreza y la inseguridad como principal preocupación de los argentinos. El 44,5% de los consultados identificó la corrupción como el mayor problema del país, en un salto de casi 15 puntos respecto a meses anteriores. Este dato no solo refleja el impacto del caso Spagnuolo, sino también un giro en el humor social: incluso votantes de Javier Milei y Patricia Bullrich, que históricamente no vinculaban la agenda anticorrupción al oficialismo, manifestaron decepción y desconfianza.

La encuesta también reveló que el 78,8% de los encuestados tomó conocimiento del caso, una cifra récord para este tipo de investigaciones. La desaprobación de la gestión nacional trepó al 57%, mientras que la aprobación cayó al 39,9%, marcando una pérdida de 8 puntos en apenas un mes.

El Índice de Percepción de la Corrupción (IPC) 2024, elaborado por Transparencia Internacional, ubicó a la Argentina en el puesto 99 sobre 180 países, con un puntaje de 37 sobre 100. Este resultado, el primero que incluye la gestión de La Libertad Avanza, mantiene al país por debajo del promedio mundial (43 puntos) y regional (42 puntos). En América Latina, Argentina está en el puesto 18 de 32 naciones, detrás de países como Uruguay (76 puntos) y Canadá (75), y apenas por encima de los peores casos como Venezuela (10) y Nicaragua (14).

La organización advierte que “la corrupción erosiona la confianza, debilita la democracia, obstaculiza el desarrollo económico y exacerba la desigualdad”. En este contexto, la persistencia de prácticas corruptas en gobiernos que se presentan como disruptivos no solo decepciona, sino que agrava el deterioro institucional.

El caso Spagnuolo: una bomba política

La filtración de audios que involucran al ex titular de ANDIS, Diego Spagnuolo, en presuntos pedidos de coimas a empresas proveedoras del Estado, desató una crisis que golpeó directamente al corazón del oficialismo. La empresa Suizo Argentina, mencionada en los audios, acumula contratos por más de $100.000 millones con distintos ministerios nacionales. Aunque no hay evidencia pública de vínculos vigentes con el gobierno porteño, la sospecha social se extiende a todas las jurisdicciones.

La secuencia de hechos —filtraciones, renuncia, investigaciones judiciales— fue ampliamente difundida por los medios y se convirtió en el centro de la discusión pública. Lo que más preocupa no es solo el hecho en sí, sino su simbolismo: un gobierno que prometía “terminar con la casta” aparece replicando los mismos mecanismos que decía combatir.

En la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, gobernada por Jorge Macri, el impacto del caso es más difuso pero no menos relevante. La alianza entre el PRO y La Libertad Avanza para las elecciones legislativas del 26 de octubre ha generado tensiones internas y cuestionamientos sobre la coherencia ética del espacio oficialista.

Aunque no hay pruebas concretas de que el esquema denunciado por Spagnuolo opere en CABA, la percepción ciudadana tiende a vincular ambos niveles de gestión. La frase “si pasa en Nación, seguro también pasa en la Ciudad” se repite en redes sociales y conversaciones cotidianas. En un contexto de crisis habitacional, aumento de personas en situación de calle y denuncias por falta de transparencia en contrataciones, la sospecha se vuelve casi inevitable.

El desencanto como fenómeno político

La demanda social de cambio que impulsó a nuevas fuerzas políticas al poder se basaba en tres pilares: transparencia, eficiencia y ruptura con el pasado. Sin embargo, el caso Spagnuolo y otros episodios similares han puesto en duda esa promesa. El desencanto no es solo moral, sino político: muchos ciudadanos sienten que fueron engañados, que el “cambio” era solo una estrategia electoral y que, en el fondo, todo sigue igual.

Este fenómeno tiene consecuencias profundas. La desconfianza institucional se traduce en apatía electoral, radicalización del discurso público y debilitamiento de la democracia. Cuando la ciudadanía deja de creer en la posibilidad de un Estado honesto, se abre la puerta a la indiferencia o al autoritarismo.

La reiteración de prácticas corruptas en nuevas fuerzas políticas no solo defrauda la demanda de cambio, sino que pone en riesgo la legitimidad del sistema democrático. La Argentina necesita más que promesas: requiere mecanismos efectivos de control, transparencia real y una cultura política que valore la ética como parte esencial de la gestión pública.

La lucha contra la corrupción no puede ser solo una bandera electoral. Debe ser una política de Estado, sostenida en el tiempo y respaldada por instituciones sólidas. Porque si el cambio es solo retórica, el desencanto será inevitable. Y con él, la democracia se debilita.



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